domingo, 18 de septiembre de 2016

ARMANDO REVERÓN: TODO CON NADA
( a los 62 años de su muerte)

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          Leandro Area

Fue Juan Manuel Bonet quien se atrevió a definir la obra de Armando Reverón (1889-1954) como “puro temblor al borde la nada”. La Venezuela contemporánea tiene en este pintor caraqueño y universal a uno de sus padres fundadores. Y así como Bolívar siembra una mitología de gestor heroico, el Pintor de Macuto, el de “Las Quince Letras”, que son quince, enseña lo que tenemos de cultura febril y fugaz. María Lionza, mitad mujer y mitad danta, vendría a completar este magnífico tríptico mural, envidia temática de Orozco, Rivera y Siqueiros.
Tras esos mitos, emblemas esquivos que nuestra jauría colectiva persigue, corremos hasta convertirlos en piezas de museo aunque, a pesar de sus abotonados centinelas, abandonen cadáveres y obras para dormir plácidamente en nuestras pesadillas.
Todos los que hoy vivimos en este tremedal nombrado Venezuela, sin distingos de raza, sexo, religión, y habría que agregar de disgusto político, cargamos en nuestro relicario restos de esos náufragos con los que nos identificamos sin saberlo. Cada sociedad somatiza sus mitos, goces, rencores y ausencias. Los convertimos en carne y hueso y traducimos en comportamientos automáticos pues viven en nuestros tatuajes más profundos. Somos los mitos que nos nombran cual ancla en el vacío.
Se decidió a huir, valiente o loco, qué importa, hacia su destino. ¿Y qué es La Guaira sino un boquerón de luz en el que se asombran, bajo almendrones floridos, cuerpos meciéndose en chinchorros cinéticos viendo reverberar el mar hecho de luz?
Allí, en Macuto, construyó su rancho acastillado hasta que la naturaleza y la desidia humana decidieron. Construyó un mundo de miseria sublime donde ocupaban puesto raigal, tierra, coleto, momo cual hijo, jaula vacía, muñecas aterradoras, Juanita a secas sin el Mora que era su apellido de veraz, la Maja Criolla, mujer, modelo y madre. En ese ambiente goyesco, ora cómico, ora trágico, ora festivo, entre 1920 y 1953, la edad de Cristo, realizó, afirmación de Juan Calzadilla que comparto, “la obra más importante de pintor venezolano alguno”.
A ese rincón del mundo fuimos a verlo muchos, más que a comprar o a engañar, que no faltaban, íbamos a retratarnos a nosotros mismos o a un mono sobre un hombro cual King Kong del litoral. Llegaron también al espectáculo, menos mal, gentes con cámaras de filmación, sin olvidar las fotos de Victorino Ríos, como la Benacerraf, Anzola, y ahora Rísquez aunque ya sin Reverón ni el castillete vivos. Armando, perdonen la confianza, actúa frente a nosotros como le gusta hacer. Burlase del mundo o no, quién lo sabe, enseña su pena, ríe de nosotros o de él.
Lo que se ha recogido de su vida en sobre todo el elogio de la locura, la pobreza del “buen salvaje”, el chamán, el náufrago, el exiliado, el doliente que vive dentro de la “cultura del calor”, la zona tórrida, el desamparo desnudo a pie descalzo frente al océano infinito. Lo que se atesora de su obra es su “generoso exceso” como anota Luis Pérez Oramas en un ensayo iluminado que se inicia con el siguiente epígrafe de Murillo Méndez: “Para venir a serlo todo, es preciso ser nada”. Armando Reverón se pasea por nuestras horas con su vaho cavernícola y sabio. Cuando voy al espejo me lo encuentro y me asusta.
Leandro Area

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