domingo, 18 de septiembre de 2016

DE LÍDERES Y TRANSICIONES

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       ELSA CARDOZO

Es eso lo que nos ofrece el libro Transiciones democráticas. Enseñanzas de líderes políticos, editado por Sergio Bitar y Abraham Lowenthal, cuya traducción al español (Galaxia Gutemberg, 2016) es presentada en estos días en la Universidad Católica Andrés Bello. El volumen analiza nueve transiciones tan diferentes como las que en el último cuarto del siglo XX fueron logradas en Brasil, Chile, Ghana, Indonesia, México, Filipinas, Polonia, Suráfrica y España. Lo hace a partir de contextualizaciones históricas iniciales, complementadas con cronologías y seguidas por las entrevistas a trece líderes que revelan el modo como asumieron los retos, siempre diversos y complicados, de la democratización.
Bitar y Lowenthal no dejan de advertir que, sin negar la enorme importancia de la movilización social en toda la variedad de las modalidades que alientan el cambio de régimen, el liderazgo es crucial en los procesos de transición, incluso para lograr los siempre necesarios apoyos internacionales. En efecto, son difíciles de imaginar las nueve transiciones atendidas sin el compromiso y las actuaciones de los dirigentes que en diferentes momentos las iniciaron o contribuyeron a su consolidación.
También es pertinente el recordatorio de que eran otras las circunstancias de lo que el conocido estudio de Samuel Huntington caracterizó como una tercera gran ola de la democratización, pues, ciertamente, los años finales de la Guerra Fría y los de las olas y resacas económicas fueron aprovechables para comenzar o consolidar iniciativas de transición. Pese a ello, en cada caso hay pistas de mucho interés para el presente y, en el presente hay más interdependencia económica y más recursos jurídicos y políticos disponibles para defender los derechos humanos y el Estado de Derecho que los debe garantizar.
Al referirse a la larga transición chilena (en realidad todas lo son), Patricio Aylwin y Ricardo Lagos coinciden en el reto inicial de lograr la concertación opositora alrededor de un programa y una estrategia para derrotar al régimen desde sus propias reglas; siempre a conciencia de que no todo podía hacerse de una vez y que la tarea fundamental de lograr la sumisión de las Fuerzas Armadas, los cuerpos policiales y sistemas de inteligencia a las autoridades civiles democráticamente elegidas requeriría de un cuidadoso, inmediato y sostenido esfuerzo. También en materia de justicia, reparación y reconciliación se fue haciendo lo posible, si bien cada vez más, al paso de los años.
Fernando Henrique Cardoso, que reconoce la influencia de los pactos españoles de La Moncloa y de la Concertación chilena, propició en Brasil la paciente pero firme voluntad de transición desde las reglas del también longevo régimen militar. Alentó, no sin resistencia de sectores opositores, el cambio desde las condiciones impuestas por los militares y entre las grietas que se les fueron abriendo, ampliando así la base de apoyo político y la movilización social a favor de la democratización.
En transiciones tan diferentes como las de Ghana, Indonesia, México y Suráfrica, las entrevistas a Jerry J. Rawlings, B. J. Habibie, Ernesto Zedillo y F. W. de Klerk revelan liderazgos que desde el poder comprendieron, o se vieron forzados a aceptar después de medir fuerzas, la necesidad de negociar acuerdos democratizadores y de facilitar su cumplimiento. En ese ejercicio, De Klerk anota entre los principios que orientaron una negociación tan compleja, como la del final del Apartheid en Suráfrica, que la negociación fue la única ruta para lograr una paz duradera y, para que así fuera, las partes debieron asumir que era necesario hacer transacciones y que la negociación debía ser genuina y desarrollarse con integridad.
No hay un modelo ni un manual para las transiciones, pero sí se puede aprender mucho de las experiencias de los líderes que contribuyeron a forjarlas, como subrayan Bitar y Lowenthal. Y para el caso venezolano son más que pertinentes sus enunciados acerca de las exigencias que el liderazgo  de la transición a la democracia debe atender en tres momentos. El primero es el de la preparación para la transición, que incluye ganar amplio apoyo, coherencia, legitimidad y otros recursos que le permitan a la oposición fortalecerse, desafiar al régimen y presentarse como opción plausible para competir por el poder, cultivar credibilidad y vínculos internacionales, y convertirse en interlocutores posibles para quienes dentro del régimen busquen una contraparte para facilitar posibles estrategias de salida. Todo lo cultivado en esa fase, acompañado por un programa esperanzador e inclusivo, es esencial para las siguientes: el final del régimen autoritario, la instrumentación de la transferencia del poder y la estabilización e institucionalización democrática.
Lectura inspiradora, en suma, para nuestros líderes y para todos los venezolanos, porque las transiciones exitosas que solemos recordar como resultado de un acontecimiento –el No chileno, la muerte de Francisco Franco o la liberación y elección de Nelson Mandela– han sido parte de una secuencia larga y complicada, que requiere de los mejores empeños para iniciarse y para sostenerse. El cambio es un proceso que no tiene día D, como dice F. H. Cardoso, porque toman su trabajo y su tiempo la democracia para asentarse y la economía para sofisticarse.

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