domingo, 18 de septiembre de 2016

SECUESTRADOS
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  TULIO HERNANDEZ


EL NACIONAL

I. El maestro espiritual tibetano ha decidido aceptar un discípulo y convoca a una especie de examen. Se hace una larga fila de aspirantes. Sentado en posición de loto, los interroga uno a uno. Muestra un objeto en su mano y les pregunta: “¿Esto es una vara?”. Y agrega: “Si me dices que sí, te pego. Si me dices que no, también te pego”.
Los aspirantes guardan silencio y se van retirando. No quieren exponerse al golpe. Hasta que uno de ellos agarra aire, adelanta ágilmente su mano, toma la muñeca del maestro y le inmoviliza el brazo. Y lo mira a los ojos. Ese fue el seleccionado.
II. Esta parábola que ya no recuerdo dónde la escuché, la había contado antes en este mismo espacio tratando de explicar lo que ocurre en Venezuela entre el proyecto militar que usurpa el poder y los aspirante democráticos a recuperarlo.
Claro, el personaje que acá interroga no es un maestro espiritual, sino un gurú malandro. No está buscado discípulos, hace un interrogatorio policial. Pregunta: “¿Estás dispuesto a aceptar sin recurrir a la protesta violenta que me cargue la Constitución y los derechos ciudadanos ordenando a mis mastines hembras del CNE impedir el referéndum revocatorio? Si me dice que No, te mando a las FAN para que te peguen y al Sebin para que te arresten. Y si me dice que Sí, también”.
La opción inteligente en este caso sería sujetar la muñeca del político malandro para que no pueda firmar la orden. Pero el hombre está rodeado de guardaespaldas, milicias y colectivos paramilitares que impedirían la acción. Ya sabemos que solo inmovilizándole la mano eludimos el golpe de la vara. El problema es cómo hacerlo sin que la sangre corra y los armados encuentren el pretexto definitivo para imponer el deseado estado de excepción. Un reto a la imaginación política.
III. Pero tal vez sea mejor recurrir a la imagen de una de esas películas gringas donde un vapor de ruedas navega río abajo por el Missisipi. Adentro viajan tahúres y pasajeros normales. Los tahúres, apoyados por sus guardaespaldas armados con rifles, obligan a los demás a jugar una tras otra partida de póker. Un robo elegante.
Los jugadores normales saben que sus contendores, los tahúres, juegan con las cartas marcadas. Pero no encuentran alternativa. Tienen que seguir jugando. Los armados tienen, por los momentos, aunque no lo digan, el control absoluto de la embarcación. A sabiendas de que los pasajeros normales son mucho más numerosos, la pregunta que se hacen es cómo ganarles a los conjurados. ¿Tratando de hacerse de un mazo de barajas también marcadas? ¿O tomando el control del barco para impedir que los sigan obligando a continuar jugando a pérdida? La película trata de un secuestro. El barco es Venezuela,
IV. Lo que en nuestro país ocurre es un secuestro de la nación entera con apariencia de que andamos libres. Los secuestradores desarrollaron un modelo político que, de no haber sido por el inmenso fracaso económico, la muerte del líder, y la debacle institucional, pudo haber durado unas largas décadas como la “dictadura perfecta” del PRI.
Las instituciones que podrían resolver el secuestro –Tribunal Supremo, árbitro electoral, Fiscalía, Asamblea Nacional– están secuestradas también. Eso era soportable mientras el barco fluía por aguas mansas. Pero ahora se avista, allá, a unos kilómetros, tan cerca y tan lejos, una caída de aguas de gran metraje.
Secuestradores y secuestrados se pueden estrellar juntos, por el mismo barranco. A menos que algunos se lancen antes del vapor. Pero no hay botes salvavidas suficientes. Al guion le falta un final. Algunos fáciles de imaginar: uno, un verdadero acuerdo entre los dos bandos para decidir juntos cómo impedir la caída. Dos, los tahúres, suicidas ideológicos, deciden continuar el rumbo para no dar su brazo a torcer. Tres, la mayoría de viajeros logra tomarle la muñeca a los tahúres y toma el control del barco. Cosa que no necesariamente pasa por un enfrentamiento armado. Porque los ciudadanos viajan sin armas, pero son muchos.
Necesitamos un buen guionista. Porque no siempre las películas tienen finales fáciles.

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