sábado, 13 de abril de 2013


Carrillo, algo más que ambición y traición







“Pero Santiago, ¡qué bruto eres! ¡Haber echado a los que eran los tuyos!”. Pronunciadas con voz ronca y su inconfundible acento-franco-aragonés, las palabras de Lise Ricol, la viuda de Arthur London, en la recepción de la Embajada francesa de 1996 en homenaje a los brigadistas, dejaron sin respuesta a su viejo amigo. Eran el mejor resumen de la contradicción vivida por Santiago Carrillo durante la crisis del Partido Comunista a principios de los ochenta: todo se hundió tras haber hecho del PCE una fuerza política decisiva para el establecimiento de la democracia en España; propiciado desde mucho antes, en 1956, el clima para que ello sucediera, y asumido el necesario sacrificio de los Pactos de la Moncloa, imprescindibles para que la inflación desbocada no se llevase por delante a la Transición.
Aquello fue mucho más importante que el único gesto positivo que destaca Paul Preston en su biografía de Carrillo, aquí llamada El zorro rojo,quizás a efectos de salvar el rechazo provocado por el título inglés de El último estalinista. De hecho solo seis páginas de crónica entre cuatrocientas se dedican a esta importante fase final, donde la capacidad de lucha y su egolatría se desplegaron al máximo. Encontramos el dato de que a Gerardo Iglesias le llamaban “Follardín”, pero nada del contenido de las crisis de los pecés de Cataluña y Euskadi. Nada sobre la memorable réplica de Rafael Alberti en el congreso de la ruptura, en 1981; nada sobre el enfrentamiento silencioso con la octogenaria Dolores Ibarruri —Pasionaria, por favor, no La Pasionaria—, alzando esta su voto una y otra vez desde la presidencia en defensa del sucesor Iglesias frente a la ofensiva de Carrillo en el congreso de 1983.
En un libro inmediatamente posterior, Communiste malgré tout, ignorado en la biografía, Carrillo descubre la raíz de la incongruencia señalada por Lise London: su eurocomunismo no procedía de Gramsci o de Togliatti, sino de la recomendación de Stalin a Largo Caballero en diciembre del 36, a favor de una vía parlamentaria al socialismo en España. Era la actuación en democracia del partido de siempre. Algo llamado a no funcionar, pero que de paso indica que Carrillo fue toda su vida un estaliniano, no un estalinista. No solo un seguidor de Stalin, sino un comunista que adoptó su patrón de comportamiento político, compatible en el georgiano con la máxima brutalidad represiva, pero que en el marco de un juego político abierto llevaba a actuar con pragmatismo, incluso con “paciencia”, como recuerda Carrillo de su entrevista con el Vohzd, y a percibir la exigencia de tomar en consideración la democracia. Lo cual para España tuvo consecuencias muy positivas.
El episodio del tránsito de las Juventudes Socialistas al comunismo ilustra las limitaciones de ese enfoque. Sigue a otro capítulo —‘La creación de un revolucionario’—, donde Carrillo como joven socialista en la República recibe más comprensión, aun cuando falte atención al marco europeo a la hora de explicar la radicalización juvenil. Es el momento en que Santiago propone que al grito de Alemania, responded con fuerza: “¡Rusia!”. Un clima imprescindible para entender la España republicana, donde la ideas del antifascismo y de la revolución coincidían en el sueño de la URSS. De ahí que la conversión de Carrillo no proceda de “la seducción” ejercida por el viaje a Moscú en abril de 1936, aun cuando allí se confirme el cambio, encubierto a continuación por razones tácticas. Resulta poco creíble que a Santiago y a Federico les emocionase El lago de los cisnes en el Bolshoi; lo suyo no eran los “cuentos de hadas”. Preston no ha consultado para el tema los documentos de la Internacional Comunista y eso se nota.Resulta así cuestionable la línea explicativa de Preston, al dibujar un retrato de Santiago Carrillo donde sus planteamientos políticos están guiados siempre por la ambición y por el espíritu de traición: “En su ansia por medrar siempre estuvo dispuesto a traicionar o denunciar camaradas”. Es el malo de la película, imagen rentable, con su parte de verdad —egolatría, frialdad maquiavélica, recurso a la violencia—, pero inexacta. Carrillo no traicionó a Largo Caballero: tomó nota en diciembre de 1936 de que la bolchevización del PSOE era imposible, cuando el viejo pierde el control del partido, y obró en consecuencia. La durísima carta a su padre denuncia la implicación de Wenceslao en el golpe de Casado. Las “traiciones” a Claudín, Semprún y a los renovadores fueron enfrentamientos políticos, resueltos eso sí “por métodos administrativos”, aunque con algún detalle positivo: Claudín fue expulsado, pero su “plataforma” se publicó íntegra en Nuestra Bandera, número 40, ciertamente en tipo menor y con refutaciones, un hecho excepcional en el movimiento comunista. Y ¿qué traición hizo a Ignacio Gallego, el hombre de Moscú? Peor fue el trato dado a su segundo de siempre, el socarrón Federico Melchor.
En cambio, los años de hierro que siguen a 1939 son reconstruidos con toda minuciosidad, lo mismo que los datos que fijan la responsabilidad atribuible a Carrillo en las ejecuciones masivas de noviembre de 1936 (Paracuellos). Falta solo advertir que tal aniquilamiento solo podía ser ordenado por el verdadero centro de decisión política: Codovilla, delegado de la Internacional Comunista. ¿Qué decir más tarde de los tiempos de posguerra, cuando el cerco policial franquista, basado en la delación y en la tortura, llevó ocasionalmente a dar órdenes de suprimir a todo aquel que no pudiera justificar la propia liberación tras ser detenido? Y de la disidencia, a la eliminación, mientras se disipaba el sueño de una reconquista —Arán, la guerrilla— y con él las expectativas de Carrillo en París.
La violencia y la difamación introducidas en los usos políticos reaparecerán en los debates sobre el caso Claudín-Semprún, e incluso en las reuniones de dirigentes veteranos contra los “renovadores” en 1981. Asistente a una de ellas, Amaro Rosal me relataba que no faltó quien a su llamada a la tolerancia respondiera: “Y porque ahora no se puede con el revólver”.
La imposible recuperación de la República era reemplazada por la convergencia de vencidos y vencedores, con la finalidad de acabar con la dictadura e instaurar pacíficamente una democracia. Según Manuel Azcárate, los soviéticos no sabían ni cómo traducir eso de “reconciliación nacional”. La nueva divisoria sería demócratas contra franquistas, y la orientación sobrevivirá a los debates sobre una posible salida a corto plazo (la siempre fallida huelga nacional pacífica) y la evolución del país en los sesenta: discrepancias que acabaron en la expulsión de dos dirigentes de excepcional lucidez, Claudín y Semprún.La otra cara de la moneda es más amable, y viene a corregir la imagen de un Santiago Carrillo oportunista, que por ello se apunta en 1975 a la democracia. Los árboles y la maleza del bosque de datos impiden analizar la significación de estos claros en el libro de Preston. El primero y más importante llegó de una apuesta casi suicida de Carrillo y Claudín a favor de la entrada de España en la ONU. Una vez superada la oposición de los veteranos, al final con el respaldo de Pasionaria, tiene lugar el corte que supuso en junio de 1956 el manifiesto “por la reconciliación nacional”, norte durante veinte años de la política del PCE.
La prueba llegó con la invasión de Praga por las fuerzas del Pacto de Varsovia. Ante la sorpresa general, un pequeño partido, dependiente en todo de la URSS, pronunció la más rotunda condena, en defensa del proyecto democrático de Dubcek. Casi nunca en sintonía, como me contaban en detalle mis amigas Lola e Irene Falcón, Carrillo y Pasionaria estuvieron esta vez unidos al plantarse ante la dirección soviética. A pesar de todos los zigzags derivados de su pecado original, el compromiso del PCE de Santiago Carrillo por la democracia en España no sería objeto de “traición” alguna.
Antonio Elorza, catedrático de Ciencias Políticas, fue expulsado en 1981 del Partido Comunista de Euskadi por Santiago Carrillo.

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