domingo, 24 de noviembre de 2013

DE MALANDROS, SUICIDAS Y PEDIGUEÑOS

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Tulio Hernandez 

El Nacional

Eso que en Venezuela conocemos como el chavismo, hoy degenerado en madurismo, es básicamente una maquinaria electoral. Es decir, un aparato político cuyo esfuerzo mayor no está orientado a gobernar ni hacer una revolución como pregonan, sino mantenerse a toda costa en el poder. Por eso todos sus esfuerzos están concentrados no en construir un nuevo orden social, generador de bienestar para todos, sino en cortejar, seducir e ilusionar a las mayorías que en nuestros países son generalmente los más pobres.
Por eso, también, desde que el líder único decidió, en 1997, abandonar el camino golpista y asumir la opción electoral, los distintos aparatos políticos que fue creando –desde el MBR hasta el PSUV– no han hecho otra cosa que oficiar un perenne, indetenible y costoso ejercicio de seducción de masas.
Es lo que explica que su gestión de gobierno haya sido un esfuerzo, también permanente, de ensayo y error. Un día cierran las casas de bolsa, otro día deciden reabrirlas. Un día apuestan por las cooperativas, el otro las clausuran por capitalistas. Un día, los huertos hidropónicos en el centro de la ciudad; el otro, convertidos en ruinas precoces.
Como el objetivo fundamental, prácticamente el único, es mantener ilusionadas y bien servidas a las multitudes que constituyen su base de apoyo, los rojos actúan básicamente para generar efectos propagandísticos y cosechar fidelidades. No para resolver problemas, crear instituciones u organizar una sociedad estable con visión de largo plazo.
Por eso han ido convirtiendo el país en un campamento, y a sus habitantes, especialmente a los más necesitados, en refugiados con motivos de urgencia. No hay proyectos de largo aliento, hay operativos. En vez de construir un sistema de salud sólido, universal y generoso, prefirieron crear la Misión Barrio Adentro para que atendiera emergencias e hiciera sentir a los más pobres que a este gobierno sí le importaban. En vez de contribuir a reforzar un aparato productivo de alta eficiencia, ya estatal, ya privado, crean una maquinaria de distribución de alimentos de bajo costo para, igualmente, producir en sus clientes la sensación de un acto de justicia.
Y en vez de apuntar a resolver estructuralmente la inflación, montan el circo efímero de los precios rebajados, especialmente en las tiendas de electrodomésticos, intentando un doble efecto. Satanizar a los empresarios como criminales de guerra, enemigos del pueblo, y preparar así el clima de opinión hacia la estatización total. Y saciar el hambre de consumo que agobia a una población alucinada no por la austeridad de las ideologías comunistas, sino por lo que los contestatarios de otros tiempos llamaban el american way of life, hecho de electrodomésticos, electrónica y ropas de marcas globales.
La actitud gubernamental es de malandros, suicidas y pedigüeños. De malandros, porque los recursos con los cuales ha forzado a los comercios a bajar los precios de sus mercancías son propios de la delincuencia: el chantaje, la extorsión, la amenaza del saqueo. De suicidas, porque, tal y como lo hizo Chávez en la campaña electoral que aceleró su muerte, con tal de asegurarse un triunfo en las elecciones del 8-D están malgastando todos los recursos y energías sin pensar en el futuro. Ni en el suyo propio ni en el de la nación. Y de pedigüeños, porque en eso han convertido a una parte de la población venezolana.
El país es una inmensa cola a la búsqueda de cualquier mercancía. De la que escasea o de la forzosamente abaratada. La imagen del comunismo soviético era el “hombre de hierro”: un obrero fornido, feliz, de grandes bíceps, trabajando incansablemente, estajanovista para construir un futuro luminoso. La del comunismo cubano: un guerrillero heroico, fusil en mano, liberando a su pueblo del imperialismo. La del “socialismo del siglo XXI será la de alguien, cansado, melancólico y apagado, luego de una larga cola, con un rollo de papel tualé en la derecha y en la izquierda un televisor. De plasma.

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