domingo, 7 de agosto de 2016

POR ISRAEL

PILAR RAHOLA

LA VANGUARDIA

Leo un artículo en El Punt de J.M. Sebastian que me afea el uso del concepto buenista. De hecho, diría que no le gusta nada de lo que escribo, pero esa es una cuestión menor. La crítica la sostiene bajo dos parámetros comunes en la corrección política: uno, que quienes usamos el término reducimos a simples adjetivos lo que debería ser sustantivado como realidad compleja; y dos, que, por inversión, los que atacamos el “buenismo” debemos de ser “malistas”. Por supuesto, esa crítica no es nueva, y es tan simplista que el autor acaba perpetrando lo mismo que denuncia. Pero dejemos las cuitas entre opinadores, que no tienen interés, y vayamos al núcleo de la cuestión: el buenismo como ideología.
Existe, es perverso y ha sido muy analizado. De hecho, si el señor Sebastian quiere conocer lo que pienso en profundidad, puede leer mi libro Basta, donde le dedico un amplio capítulo, o quedarse en el magnífico prólogo que me escribió Martín de Pozuelo. Pero, para resumirlo en este espacio, el buenismo no tiene nada que ver con la bondad, contrapuesta a la maldad, sino con una mirada naïf y paternalista, en general tuerta, que babea ante determinados fenómenos ideológicos, si percibe que provienen del mal llamado tercer mundo, ergo son políticamente correctos. Por cierto, mal llamado tercer mundo, porque en ese tercer mundo hay muchísimo dinero.
"El buenismo no tiene nada que ver con la bondad, contrapuesta a la maldad, sino con una mirada naïf y paternalista, en general tuerta, que babea ante determinados fenómenos ideológicos"
Ejemplos notorios: el buenismo se horroriza con un Cañizares –crítica que comparto–, pero es incapaz de plantarse ante el integrismo islámico, cuya ideología totalitaria destruye el cerebro de millones de personas; por supuesto, considera a Israel como el mal puro pero nunca proferirá una crítica al terrorismo palestino; llorará por las víctimas de los conflictos buenos pero nunca por una niña judía apuñalada por un bárbaro en su cama; atacará siempre a Estados Unidos pero se olvidará de Rusia, Cuba, Venezuela, etcétera; y aunque siempre hablará de islamofobia y levantará la pancarta en defensa del islam, se olvidará de que son cafres islamistas los que están masacrando a los musulmanes; por el camino, pedirá mezquitas en suelo público, sin importarle demasiado si las financia una dictadura atroz, pero cuidado con pedir lo mismo para una iglesia o una sinagoga; y, por supuesto, en nombre de una determinada libertad religiosa llegará a la locura de considerar que el burka es una opción libre.
Podría continuar, porque la lista es tan larga como corto el espacio, pero lo fundamental queda dicho: no se trata de buenismo contra malismo, se trata de una posición, desgraciadamente muy extendida entre la izquierda, que, en su ceguera, ha abandonado la causa de la libertad frente al fenómeno totalitario que nos ataca. Aunque, si me permiten, ello no es nuevo. ¿O nos olvidamos de la defensa de dictaduras atroces por parte del progresismo, por el hecho de ser tiranías de izquierdas?
La mirada tuerta…

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