sábado, 3 de septiembre de 2016

¿Y después qué?


Editorial del Nacional.
3 de septiembre 2016 

El jueves un inconmensurable contingente humano tomó la capital para pronunciarse en favor de una pronta respuesta, de parte del Poder Electoral, a sus exigencias de que se inicie la recolección de firmas (20% del padrón electoral) y que el referéndum revocatorio se realice antes de finalizar el año 2016.
Una exigencia basada en la certeza de que el ente comicial está dándole largas al asunto a petición, por supuesto, del Ejecutivo para que tal consulta no ponga fin al régimen pesuvista sino, en el peor de los casos, a la titularidad del señor Maduro, de modo que Aristóbulo o algún tapadito in pectore se quede con el coroto, porque lo que importa es tener la sartén por el mango y no quién es el figurín de fachada. 
Se demostró ante la nación y el mundo que las mayorías ciudadanas están alineadas con el finiquito constitucional de la pésima administración actual; este y no otro era el propósito de esa extraordinaria demostración de fuerza moral.
Sin embargo, los críticos por principio, esos que miran los toros desde la barrera para arruinar la fiesta con sus dicterios contra el matador, los banderilleros, el picador y la bestia sin dejar títeres con cabeza, alzaron la voz para cuestionar que la Toma de Caracas, auténtico preludio del final, no haya concluido con lo que ellos consideran un “salto cualitativo”, provocando confrontaciones que implicarían dolorosos obstáculos en el mapa de rutas diseñado por la Unidad Democrática.
Claman los extremistas desde sus plácidas madrigueras digitales por una radicalización de la contestación, con tal vehemencia que podría pensarse que su postura es producto del desprecio por la política ­actitud que nos valió lo que hoy padecemos­ o de una ingenuidad rayana en el infantilismo que los convierte, acaso sin proponérselo, en agentes provocadores al servicio de los intereses del oficialismo.
No se buscaba reeditar el 11 de abril de 2002, como sostuvieron y defendieron Maduro, Cabello y sus “yo también”, sin más argumento que la mentira y la manipulación; no era una marcha golpista ni se tramaba un magnicidio, como sí tramó el golpista fracasado y eterno cuando, el 4 de febrero de 1992, ordenó que se arremetiera contra La Casona y asesinaran a la familia Pérez.
Lo que se procuraba y logró con creces era dejar claro que este gobierno no tiene base de sustentación ni poder de convocatoria: triste fue la comparecencia de Maduro ante una concentración de empleados públicos sobre los que pendía la espada de Damocles del despido, de misioneros desidiosos resignados a vivir del favor rojo y de borrachitos habituales al borde del delirium tremens, que mendigaban la acostumbrada ración de aguardientes que los organizadores del festejo disponen para tal fin.
Se desmontaron los embustes y, sí, se pautaron nuevas e inminentes acciones para reforzar el petitorio opositor. Cívicas y pacíficas. Pacíficas. Se le dijo no al maximalismo pueril, porque está en juego el futuro del país, ¡nada menos! Esta es la respuesta a quienes preguntan ¿y después qué?

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