jueves, 13 de diciembre de 2012

MADURO SÍ, PERO NO TANTO
 
 
 
TRINO MARQUEZ
 
La parafernalia montada en la alocución en cadena nacional de Hugo Chávez el sábado 8 de diciembre permitía suponer que, debido a su grave enfermedad, le transferiría todo el mando temporalmente a su vicepresidente, Nicolás Maduro. Que instruiría a la bancada oficialista en la Asamblea Nacional para que calificara su ausencia, mientras se trasladaba a Cuba a operarse de nuevo, como falta temporal, tal como reza el artículo 234 de la Constitución. De este modo, su ausencia sería suplida por el Vicepresidente mientras el mandatario estuviese fuera del país. No fue así. El caudillo prefirió una fórmula ambigua, que no existe en la Carta Magna: designó a su subalterno sucesor y próximo candidato presidencial del oficialismo.  
En Venezuela no existen “sucesores” en el plano político e institucional. Los candidatos presidenciales deben surgir de algún tipo de consulta a las bases de las organizaciones en las cuales militan. Dentro del Estado tampoco hay nada parecido a un “sucesor”. Lo que está contemplado en la Constitución es que el Vicepresidente Ejecutivo  suple las faltas temporales o absolutas del Presidente. Para que tal suplencia se dé resulta indispensable que la ausencia del Presidente sea calificada por la Asamblea Nacional de alguna de las dos únicas maneras establecidas en esa Carta: temporal o absoluta (Arts. 233 y 234). No cabe otra fórmula. Al no aplicársele al prolongado viaje del comandante ninguna de esas dos recetas, el poder continúa siendo ejercido plenamente por Hugo Chávez, se encuentre donde se encuentre y aunque tal mecanismo viole las disposiciones legales. En estas circunstancias, Maduro queda como una referencia. 
No es el Presidente de la República, ni el Jefe de Estado, porque no ha sido investido de tal autoridad, de acuerdo con lo pautado por la Constitución.
Las razones por las cuales Chávez no le transfirió al Vicepresidente todas las competencias que le confieren la ley, tienen que ver con la situación interna del PSUV. Chávez se vino de Cuba para acallar los tambores de guerra que comenzaron a sonar en sus filas, pero solo logró silenciarlos en parte. La fracción que respalda a Diosdado se tragó como un purgante que el comandante se inclinara a favor de Maduro -candidato de los hermanos Castro y leal representante de los intereses de Cuba en Venezuela-, pero a cambio de que no se le otorgaran formalmente las competencias que corresponden al Presidente de la República. 
La negociación debe de haber sido difícil. Cabello controla el partido y ha cultivado una relación ancestral con la Fuerza Armada Nacional. Su fuerza no emana tanto de su cercanía y lealtad a Chávez, como del esfuerzo sostenido por construir su propia base de poder. Una demostración de esta plataforma fue su firme negación a ser candidato a la gobernación de Monagas, a pesar de que Chávez lo había designado públicamente para que cumpliera esa responsabilidad. El amotinamiento de Diosdado fue una clara demostración de su fortaleza intrínseca. Chávez no pudo imponerle el castigo que significaba enviarlo a pelear con el Gato Briceño y sacarlo de la presidencia de la Asamblea Nacional. En cambio Maduro ha ido escalando en la nomenclatura chavista gracias a su cercanía al  rey sol y al cuidadoso cultivo de las relaciones con los déspotas antillanos.
El discurso sumiso de Cabello en la Asamblea Nacional cuando se le concedió el permiso a Chávez para que viajase a operarse en la Habana, hay que entenderlo como una operación de camuflaje dirigida a manifestar una exagerada lealtad al jefe, con el fin de no levantar sospechas sobre los pasos que dará para atacar a su adversario interno, quien, de paso, no forma parte de los conjurados del 4-F.
En estos momentos Venezuela no tiene Presidente de la República. Chávez se halla en un país extranjero convaleciente de una enfermedad grave y de una operación que, según Maduro, fue muy compleja. El Vicepresidente no se encuentra  constitucionalmente encargado de la jefatura del Estado. El régimen después de catorce años no ha construido instituciones, sino un liderazgo personalista que atropella e impone, y que está demostrando sus límites y defectos. 
Las elecciones del 16 de diciembre representan una  singular oportunidad para comenzar a recuperar todo el espacio que la República y la democracia han perdido. ¡Votemos!
@tmarquezc

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