domingo, 24 de abril de 2016

EL FESTIVAL DE LA PRÓTESIS


TULIO HERNANDEZ

Dan pena. Pero no lástima. Son un club de ochentones víctimas de una de las adicciones más dañinas a la humanidad. La adicción al poder político absoluto. Lo ejercen, sin relevo ni escrúpulos, sin generosidad ni piedad, desde la madrugada del 1° de enero de 1959 cuando el primer comando de barbudos insurrectos entró triunfante en La Habana de Batista.
Entonces eran jóvenes y fuertes. Sin canas ni chaqueticas deportivas gringas. Crearon una de las más seductoras, enfermizas e hipócritas mitologías de la política latinoamericana: la del guerrillero heroico. La operación simbólica de siglos quedó resumida de manera brillante por el escritor venezolano Carlos Rangel cuando tituló su libro Del buen salvaje al buen revolucionario.
Son un club de viejecillos manchados de sangre. Desde que tomaron el poder partieron a la isla en dos. Los expatriados y los presos. Los expatriados salieron primero en masa, en el cruce de la década de 1950 a la de 1960, dejando atrás sus propiedades y sus historias personales, tratando de salvar sus vidas de los fusilamientos que conducían y oficiaban gozosamente Fidel, el Che y Raúl.
Y desde entonces no ha pasado una sola semana sin que al menos un cubano intente saltar, arriesgando su vida, las 90 millas que separan a la isla de la costa de Florida. En un balsa. Un lanchón. Un neumático. Incluso como lo vimos en una foto espectacular hace una década, en un automóvil convertido en objeto flotante.
Los presos, que no son sólo los que están en la cárcel por oponerse al régimen, sino todos los habitantes de la isla barbuda, se dividen también en dos. Los carceleros, que igual están presos en la gran cárcel de 110.000 kilómetros cuadrados, rodeada de agua por todas partes. Y los encarcelados.
Los primeros son presos de sus propias ideas. De su fanatismo ciego. Aplica para ellos el título de un ensayo de Germán Carrera Damas, “El dominador cautivo”. Los segundos, salvo excepciones –siempre hay excepciones– por ser habitantes de uno de lo pocos lugares del mundo en donde una persona no puede irse al aeropuerto con su pasaporte y tomar un avión al país que desee.  
El Comunista Cubano ya no es realmente un partido político. Es un geriátrico. Quedó claro la semana que hoy concluye con la realización de su VII Congreso. El primer secretario del partido, Raúl Castro, ratificado, tiene 84 años de edad. El segundo de a bordo, Machado Ventura, 85. Más que un congreso ideológico las fotos del evento insinúan un festival de la prótesis, un rosario de columnas vertebrales encorvadas, un apartheid a los menores de 70 años.
Tampoco en esta oportunidad hubo renovación de los cuadros. Ni de las consignas. Mucho menos de las ideas. Más bien hubo retroceso. Se cuestionó la visita de Barack Obama. Y, por supuesto, se volvió a elegir a un Castro como jefe mayor.
Hay consenso entre los críticos en que, de nuevo, se obviaron los temas básicos que le importan a la gente común. Qué hacer con las dificultades de alimentación de la población. Qué con las desigualdades sociales que genera la circulación de dos tipos de moneda. Cómo avanzar en las experiencias aún precarias de economía privada y en los tímidos avances institucionales. Nada. Sólo la monótona cortina musical de la lucha contra el Imperio.
La isla sigue secuestrada por los Castro. Detenida en el tiempo decimonónico comunista. Expulsada del siglo XX. Y del XXI. Sobreviviendo a un fracaso histórico y el capricho de par de hermanitos tiranos abotagados de poder.
Miriam Celaya, historiadora del arte y disidente, en un escrito titulado “Epitafio para un partido”, definió el VII Congreso como el sepelio del PCC. Concluyó: “Si quedara algún comunista honesto en Cuba –en el caso imaginario de que tal condición existiera– debe estar sumido en el más profundo duelo. De haber sido otra nuestra historia del último medio siglo, quizás el difunto partido merecería un compasivo minuto de silencio. Pero no hay que ser hipócritas. En todo caso los cubanos hemos estado en silencio por demasiado tiempo”.  

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