domingo, 10 de abril de 2016

Sin Revocatorio no hay futuro



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Pedro Luis Echeverria





He sido y soy opositor a este nefasto régimen que ha dividido y engañado al país con el subterfugio de hacer creer que el modelo social que ofrecía  era el camino para la redención e inclusión de los más necesitados. Los pésimos y desastrosos resultados obtenidos en todos los órdenes de la vida nacional, después de más de tres lustros de gobierno, nos indican que el ideario chavista ha sido una perversa quimera.
La Venezuela de hoy después de 17 años de mandato de los golpistas de 1992, no ha progresado. Los males sociales se han acrecentado a pesar de los ingentes recursos políticos y financieros de los que dispuso el régimen. El odio, la división del país, el envilecimiento ciudadano, la escandalosa e impune corrupción, la inseguridad ciudadana y la exclusión social es el legado que nos deja. Asimismo, una economía destruida, las arcas del tesoro vacías y depredadas, carencia de  realizaciones, destrucción del aparato industrial público y privado, un enorme déficit fiscal, una difícilmente pagable deuda interna y externa, escasez, desabastecimiento, inflación, desempleo, son, entre otros, los índices que representan y  miden el descomunal fracaso de la gestión económica de los golpistas de otrora. Se ha acentuado la inseguridad jurídica, se ha hipertrofiado el tamaño del Estado, la economía venezolana ha perdido  la capacidad generadora de empleos; el régimen ha convertido a los ciudadanos en cazadores de canonjías en lugar de formarlos para contribuir a la ampliación de la producción y mejorar la prestación de los servicios. Presos políticos, exiliados, perseguidos, familias destrozadas, la ilegitimidad de desempeño, la usurpación de funciones y la sistemática violación de la Carta Magna son otros de los pasivos que acumula en su contra el periodo del gobierno chavista. La incertidumbre respecto al futuro atenaza y angustia a los venezolanos. Las visiones de irracionalidad,  improvisación,  ineficiencia y  corrupción de los facinerosos gobernantes se abatieron sobre Venezuela y ejercen un efecto devastador en los valores fundamentales de la democracia, el respeto mutuo, la tolerancia y la libertad de actuar que representaban el ideario de nuestro pueblo y que regían la convivencia social en nuestro país.
Responsablemente queremos y debemos poner fin al autoritarismo, a las arbitrariedades, a la corrupción monstruosa y al desatino de quienes conducen, por ahora, al país. La Constitución nos ofrece las vías legales y legítimas para lograrlo y entre ellas destaca el referendo revocatorio, como el más idóneo instrumento político del que, por los momentos, dispone la ciudadanía para participar activamente en la construcción de un destino mejor para nuestro país.

 Por tales razones, lo que está en juego, en estos apremiantes momentos, es el presente, nuestros valores como sociedad civilizada, y nuestro derecho al porvenir. No nos jugamos cosas menores. Nos jugamos el derecho a la vida: la del hombre pleno, su libertad de conciencia, de pensamiento, de religión, de trabajo, de asociación, de movilización, de libérrima búsqueda de su propio destino. Esa libertad plena  que queremos rescatar  tiene un gran enemigo. Se llama, totalitarismo - el Estado es todo sobre la tierra-. Desde hace 17 años, nos confrontamos con esa visión absolutista y negadora  de la maravillosa aventura que es la vida y las ansias naturales del hombre por su progreso individual. Y luchamos en contra  porque en esa visión totalitaria de la sociedad  se conjugan el odio, la aberrante exclusión  y la pérdida del derecho a la libertad. De  modelos similares a las creencias del PSUV y sus adláteres, nacieron modelos de sociedad que llevaron a la miseria, la cárcel, la muerte, al exilio y a la intransigente división ideológica a millones de personas en  todo el mundo como es sabido que lo hicieron el nazismo, el fascismo, el comunismo y la más reciente infeliz síntesis: el socialismo del siglo XXI.
Se nos acaba el tiempo político y material para reflexionar y llegó el momento de asumir nuestras responsabilidades ante la oportunidad y necesidad impostergable de revocar a quién mal conduce la suerte de la Nación. Los ciudadanos y las organizaciones políticas de la oposición, sin pausas ni demoras, debemos focalizar nuestra atención en la concreción de ese derecho constitucional, en mantener, por sobre todas las cosas, el concepto de la unidad, subordinar nuestras legítimas visiones y expectativas personales al interés superior de la Nación. Debemos tener en mente que, con nuestros votos revocatorios, vamos a expresar un grito redentor: ¡no podemos, no queremos, ni nos vamos a entregar a la vesania totalitaria!

La libertad es la condición insustituible que le da sentido a la sociedad humana; por eso  debe ser  plena y hay que defenderla. A los pueblos no se los puede conducir con el  látigo, la prebenda y la mentira porque esa es la negación del ser humano. Demasiado tiempo hemos estoicamente soportado tal manera de gobernar.

Hagamos, con sentido de urgencia, lo que tenemos que hacer y que sean la historia y nuestra conciencia las que  nos pidan cuentas si fuimos o si resultamos inferiores a ese compromiso que reclamamos la gran  mayoría del país. Usemos como armas para alcanzar nuestro empeño el valor de la unidad, nuestra inteligencia, convicción  y voluntad de  progreso.


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