jueves, 20 de octubre de 2016

Un trimestre en La Habana

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                 Luis E. Pérez-Oramas

(Tomado de PRODAVINCI)

La última vez que el gran escritor chileno Jorge Edwards anduvo por La Habana contó con el privilegio de ser despedido personalmente por Fidel Castro. Entiéndase la palabra ‘despedido’ en toda su resonante amplitud, con todas sus consonantes, connotaciones y especialmente en su más literal denotación.
Habiendo llegado como lector tarde a la obra maestra en la que Edwards nos ofrece el relato —Persona non grata— y también a La Habana, que pude visitar por primera vez hace sólo pocos meses, me pregunto cómo esta novela de la realidad, esta escritura novelística de la vida ordinaria en la que con magistral sobriedad y con un talento excepcional se retrata la humanidad de cada personaje en una frase, en fin este libro digno de un Stendhal contemporáneo, menos el romanticismo, menos el fracaso de Waterloo, menos la ambición desesperada y los amores a distancia, pero en cuyas páginas descuella más de un caribeño Julien Sorel, no ha sido objeto reciente de nuevas lecturas, cuando agonizan en estertores humanos, a la vez, la revolución y sus engendros continentales, de todo signo por cierto, incluidos aquellos que han anidado como un quiste maligno en Venezuela.
Pocas veces la historia, en lo que tiene de clave, de llave para desentrañar el hermetismo del futuro, habrá coincidido más puntualmente con la potencia de la escritura literaria para enlazarse, como un animal desbocado, en el orden narrativo de la realidad. Pocas veces el instante presente —ya pasado— se hace fábula incesante como en esta novela extraordinaria.
Una ‘novela política sin ficción’, como la bautizaría Carlos Barral en su momento, Persona non grata narra pormenorizadamente un trimestre en La Habana, entre el 7 de diciembre de 1970 y el 22 de marzo de 1971, período en el que el diplomático Edwards, encargado de negocios por el recién electo gobierno de Salvador Allende, recibió la comisión delicada y auspiciosa de re-abrir la embajada de la república de Chile en Cuba.
Que estos meses breves y dilatados hayan coincidido casualmente con la incubación de un momento de ruptura en la conciencia política latinoamericana —el encarcelamiento y la posterior autocrítica pública del poeta Heberto Padilla— y que muchos de los elementos probatorios de la herejía de Padilla hubiesen sido pronunciados a gañote alegre, en toda ingenuidad, entre borracheras de ron y vino chileno  en la habitación del piso 18 del hotel Habana Riviera, donde Edwards —a falta de una residencia adecuada— hubo de acampar literalmente para acometer su trabajo diplomático, hacen de este libro, a la vez, un testimonio y un espejo de la dimensión política de la literatura, pero sobre todo de la dimensión literaria —en todo novelesca— de la política.
“Lezama se inclinó hacia el lado mío.
— Y usted, Eguar —preguntó—, ¿se ha dado cuenta de lo que pasa aquí?
— Sí, Lezama, me he dado cuenta.
— Pero, ¿se ha dado cuenta de que nos morimos de hambre?
— ¡Sí, Lezama! —repetí.
—Espero que ustedes, allá en Chile —resumió el poeta—, sean más prudentes.”
El pasado mes de noviembre, yo abandonaba el autobús de lujo lleno de millonarios gringos con quienes me había correspondido llegar tarde a La Habana. En él, protegidos del calor por el aire acondicionado y conducidos por el mejor de los guías turísticos de Cuba —funcionarios todos y todos los buses iguales, azul y blanco, cuyo lujo contrasta con la modestia del transporte colectivo y con las colas de personas humildes que desde la calle nos ven con una distancia infinita en los ojos— me sorprendió escuchar de aquel simpático personaje un discurso inesperadamente libre y crítico, hacia la situación de la isla. Tristísima ciudad que en la noche se hace oscura como una boca de lobo, y especialmente silenciosa.
— ¿Y aquí no ven televisión, ni siquiera el fútbol? —preguntó un suizo sorprendido por aquella ausencia de ruido, mientras caminábamos en busca de un lugar de música en vivo por calles sombrías que de no ser Cuba asustarían, cuando apenas pasábamos por una casa en cuyo frente, una placa orgullosa ostentaba las siglas de los Comités de Defensa de la Revolución —la delación como ciudadanía, que en Suiza desconocen.
Abandoné entonces el autobús para visitar la casa de Lezama, en lugar de la de Hemingway que mis compañeros querían todos ver, así fuese sólo desde las ventanas cerradas, desde el exterior. Mis guías me dejaron ir, en cambio, un poco perplejos, después de darme aproximadas direcciones, simulando que desconocían el paradero de Trocadero, 160. Iba yo vestido de una impecable guayabera de lino panameña, que no pasó desapercibida en las calles devastadas y olorosas a aguas negras de La Habana vieja. Pero sólo después de leer a Edwards me percato de mi ingenuidad al creer que iba yo sólo, cuando acababa de descender de un bus en el que viajaban señoras con apellidos de capitalismo sonoro y de solera: Hess, Tisch y Rockefeller.
La casa de Lezama es un abandono visitable, que encontré impuntualmente cerrado, a pesar de una gran ventana que dejaba ver un vestíbulo deprimente en el que yacía el cadáver de un escritorio de burócrata, una silla y un ventilador encendido, soplando sus aires contra un teléfono mudo. Después de mucho dar voces y tocar todos los timbres, escuché el sonido de unas humildes chancletas que venían del fondo del tiempo a paso lentísimo conduciendo a una señora humilde y desnutrida que amablemente me explicó la imposibilidad de visitar la casa del poeta, pues es norma que estén de guardia al menos dos funcionarios presentes, y ella estaba sola.
Después de mucho insistir y de mostrar mi identificación de comisario de arte en un museo neoyorkino apareció, milagrosamente, cargando unas bolsitas plásticas, la funcionaria ausente, quien se unió a las explicaciones, añadiendo que era requerido que hubiese tres funcionarios presentes, no dos, para hacer la visita posible. Al final pude visitar la casa de Lezama —tras una llamada a un misterioso funcionario superior—: tres pequeños cuartos llenos de libros y recuerdos, alineados alrededor de un patio no menos grande, desde el cual cuelga la ropa de los vecinos y se escuchan ecos de una giornata particolare. Se me hizo muy claro una evidencia tardía, igualmente: que no hay recuerdo que pueda albergar mejor la memoria de un escritor que su escritura, siempre prístina.
Es por esta razón que Persona non grata es una lectura esencial para cualquier latinoamericano, para cualquiera que se interese en el destino o en las miserias de la ilusión política, de la política como ilusionismo. Jorge en su Alfita —la nomenklatura cubana rodaba en Alfa Romeos—, generosamente concedido por el aparatchik Meléndez, encargado de trufar su habitación de micrófonos y de seguirlo paso a paso, palabra por palabra, iba de un lado a otro, sorteando lo que se revelaría como una confabulación diseñada desde las oficinas de Raúl Roa y Raúl Castro, y bajo estricta observancia de Fidel, para hacerlo fracasar, para estigmatizarlo ante el presidente Allende como un contrarrevolucionario, intelectual burgués y diplomático irresponsable.
Las circunstancias en las que se desarrolla esta trama íntima —al final se trata de un diario novelesco cuya excelencia estriba en la mirada radicalmente individual del autor— no pueden ser más críticas: el interinato cubano de Edwards acontece entre la elección reciente de Salvador Allende y la repulsa pública, por el aparato oficial de la cultura cubana, de Pablo Neruda, a quien Edwards acompañaría, tras su accidentado paso por La Habana, como secretario en su embajada en París.
Desde su llegada a La Habana, de pequeña humillación en pequeña humillación, los eventos acontecen para demostrar el plan trazado por Fidel: dejar saber su decepción ante Allende por haber nombrado, para tan delicada labor, a un escritor burgués, para más señas apellidado Edwards, es decir familiar —aunque lejano— de la gran burguesía conservadora chilena y, aún peor, del último embajador de Chile en Cuba, otro Edwards.
Central para esta trama son las páginas que describen la visita del buque insignia de la armada chilena, el célebre Esmeralda y el encuentro, en todo a contraestilo, entre el funcionariato cubano y los oficiales y marinos chilenos. Premonición en cada detalle, sólo aparentemente insignificante, de la resolución trágica de esta historia tras el suicidio de Allende y la instauración de la dictadura en Chile, que entonces el narrador desconocía. La inmensa, tácita, soterrada decepción que atraviesa estas páginas cubre a naciones enteras y alcanza a multitudes. Son ellas el mejor retrato que se haya escrito, insuperable, de ese enigma trágico que lleva por nombre Fidel Castro Ruz.
Persona non grata se concluye con dos escenas contrastantes, opuestas: con el fondo tácito de la autocrítica de Padilla —forzado o convencido a retractarse en un acto de humillación pública— la voz del poeta sometido se opone a la escena, explícita, en la que para sorpresa de Edwards, la noche antes de su salida de La Habana, es conducido al despacho de Raúl Roa donde lo espera Fidel Castro en persona, dispuesto a aleccionarlo con toda la violencia de su voz, hasta las cuatro de la mañana. Es entonces la voz serena y digna de Edwards la que enaltece —y nos enaltece— en este libro: su tranquilidad de conciencia ante la rabia desbocada del tiranuelo.
Yo recuerdo entonces mis años 80 en Caracas —aún creíamos en la palabra revolución— y el entusiasmo por la caída de Somoza hizo incendio entre los poetas caraqueños. Vino a Venezuela Lisandro Otero, escritor con talento vendido a la ignominia del estalinismo, quien figura destacadamente con su uso de la palabra gusano en la novela de Edwards. Aquel día yo marqué distancia –infinita– con algunos de mis colegas poetas y entonces revolucionarios. Pasarían tres décadas para que todos sufriéramos, ad nauseam, las consecuencias de aquella fascinación imberbe en la carne de nuestro país, que nos ha dejado sin república en pos del nombre de otro caudillo, también salido de los intestinos fidelistas. En eso andamos y no sabemos hasta cuándo.
En otro de sus libros magistrales, Jorge Edwards ha escrito lo siguiente, que puede —y debe— aplicarse a la lectura de Persona non grata:
“Los latinoamericanos, el continente tonto, como dijo una vez, con su lengua áspera, don Pio Baroja, que a veces damos la impresión de haber aprendido algo, y que casi nunca entendemos o aprendemos nada, tendríamos mucho que asimilar de todo esto”
También se lee Persona non grata como una dulce, literaria venganza. El diplomático humillado se saca del guante la mano del espadachín magistral, la mano que escribe cada una de estas pequeñas miserias con la objetividad del cirujano, a diente seco, sin anestesia, hasta el diálogo culminante en el que la razón hace aguas en la ira del dictador, ante el impasible ciudadano humanista de una nación institucional, a punto de hundirse también en otra tiranía. Pudiera decirse entonces de este libro siempre urgente, lo que Balzac escribiera de Henry Beyle, Stendhal, al concluir la lectura de La Cartuja de Parma: “Si Maquiavelo hubiese escrito una novela, sería esta.”

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