miércoles, 13 de abril de 2011

POR QUÉ GADAFI SIGUE EN PIE

Aníbal Romero

La guerra, decía Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios. El éxito exige tener claro su fin político (qué se pretende lograr con la guerra), así como los objetivos militares derivados de tal fin (qué se pretende lograr en la guerra).

La guerra civil libia es un interesante caso de deliberada confusión acerca del fin político por parte de los aliados occidentales, confusión que ha degenerado en estancamiento, amenaza con prolongar la guerra civil y eventualmente producir una severa crisis humanitaria, es decir, precisamente lo que anunciaron que evitarían con su intervención militar.

Es obvio que el fin político de Washington, París y Londres ha sido desde el principio derrocar a Gadafi. No obstante, para disimularlo, reducir resistencias internas y minimizar los riesgos a sus precarias bases de apoyo doméstico, los dirigentes occidentales buscaron cobertura bajo una ambigua resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que estableció como fin político la protección de los civiles sin mencionar el derrocamiento de Gadafi. Fue descartada además de manera expresa la “ocupación” extranjera de Libia.

En otras palabras, Rusia, China y la Liga Árabe admitieron la intervención, pero a medias, dentro de límites que complican en extremo el uso de tropas terrestres y el apoyo masivo a los rebeldes libios.

La OTAN se lanzó a la aventura confiada en que el uso avasallante de su poder aéreo daría suficientes ventajas a los rebeldes, y conduciría a un pronto colapso de Gadafi y su régimen. Pero los planes no marcharon como se esperaba. El poder aéreo no ha derrocado a Gadafi y los rebeldes libios han mostrado que carecen de la destreza militar y el respaldo político necesarios para forzar una decisión.

Varias lecciones se desprenden, hasta el momento, de la experiencia libia. Nuestra época no es la primera en la cual las democracias occidentales, sus dirigentes y electorados, deciden que la guerra clausewitziana ya no debería existir como instrumento legítimo de la política, y que la misma debe ser eliminada o convertida en herramienta “humanitaria”. En lugar de ser la continuación de la política, las guerras de hoy son la continuación de la bondad por otros medios. Entre 1919 y 1938 los electorados y dirigentes de la Europa democrática vivieron ilusiones semejantes, hasta que sus quimeras estallaron.

Como sostuvo Orwell, el peor enemigo de la claridad en el uso del lenguaje es la hipocresía. Las democracias occidentales de hoy se sustentan en la permanente demagogia de políticos que viven de una popularidad frágil y pasajera; son democracias complacientes que miman a electorados poco dispuestos a enfrentar verdades desagradables, bien sea en materia económica, de política internacional, u otras. Para consentir a sus caprichosos electores los políticos ya no hacen la guerra sino que contribuyen a “causas humanitarias”. El resultado de todo ello es que los desafíos a la seguridad internacional se multiplican y profundizan, como está ocurriendo en Libia y seguirá pasando desde Corea hasta Irán y el Caribe. Occidente se desarma sicológicamente y los enemigos de la libertad toman aliento para conquistar sus metas.

Es mil veces preferible un político realista y sin pretensiones moralizantes, que sólo recurre a la guerra si el fin está claro y los medios son adecuados, a supuestos idealistas y predicadores de presuntuosas banalidades. Y con respecto al dictador libio, recordemos a Maquiavelo: “Las ofensas deben hacerse todas de una vez, porque cuanto menos se repitan, menos hieren”.


EL CHAVISMO Y SUS CUENTAS PENDIENTES DEL 11 DE ABRIL

Alonso Moleiro

Si en Venezuela todo el mundo debería asumir su responsabilidad sobre lo sucedido el 11 y el 13 de abril, como más o menos ha venido sucediendo con el paso de los años, el gobierno nacional debería hacer lo propio. No le vendría más un poco de humildad y un acto de contricción.

Veamos: no fue el 11 de abril, como sí el 4 de febrero, o el 27 de noviembre de 1992, un golpe militar clásico, gestado en silencio y en las sombras durante largo tiempo y tomando por sorpresa al resto de la nación en una madrugada

El 11 de abril es el corolario de una prolongada crisis política, que todavía está vigente y que descansa sobre el fenómeno venezolano de la década, vigente desde el arribo al poder de Hugo Chávez: la polarización política. Venezuela tiene diez años parada sobre un peligroso aparato de odio. Esa fractura todavía hoy es promovida con denuedo y asumida con orgullo desde Miraflores, invocando la lucha de clases: contraria a toda idea de reconciliación nacional y asumida como la existencia de dos bandos irreconciliables.

Que tuvo varios meses previos de cocción y expresiones callejeras imposibles de olvidar: las manifestaciones cívicas más grandes de la historia del país, hastiadas del comportamiento del presidente, dispuestas a todo si eso hacía posible su renuncia. Parece que, entre otras cosas que lo perturban de entonces, el presidente no soporta la el recuerdo de aquella catarata interminable de personas que querían salir a toda costa de él, en Caracas y en todo el país.

Es decir, fue una fecha que tuvo los rasgos concretos de una auténtica rebelión popular. Su gestación y su crisis tuvieron causas múltiples, y el corolario un evento militar condenable con una dolorosa secuencia de muertos, por cierto, caídos de lado y lado.

La oposición política, los actores de la fecha, los medios de comunicación y sus periodistas han hecho su balance y el ajuste personal de sus excesos ante el país. Han estado a la vista y han sido llevados a cabo de forma visible y suficiente. Los factores y discursos radicales han sido aislados; el camino pacífico democrático y electoral, el único válido, la reconciliación nacional, objetivo supremo.

Recordando uno ahora la gestación del tropel de leyes habilitantes de noviembre de 2001; los asaltos callejeros de los pandilleros de Lina Ron a la UCV; la expulsión de toda la plana mayor de Pdvsa, casco y pito en mano, por parte del propio presidente Chávez; las famosas “cadenas bolivarianas” de siete y ocho horas cada lunes; y recordando además, los hechos de violencia, lo fotografía de los asesinos de Maritza Ron en la Plaza Altamira –hoy en libertad- , gestados en plena calle, las víctimas caídas del campo democrático, absolutamente hartas de su gobierno, impulsada por la secuencia de provocaciones de su presidente, uno se pregunta si el balance necesario ha sido llevado a cabo, como corresponde, por el lado chavista.

Si es verdad los protagonistas del chavismo de entonces han meditado seriamente sobre sus excesos y equivocaciones: todos abonaron también a crear el tsunami que por poco se los lleva.

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