lunes, 21 de marzo de 2011

MAS DE LA GUERRA EN LIBIA

Alonso Moleiro


Un dictador impresentable; un primitivo personaje enamorado de sí mismo, que parece creerse el comienzo y el fin de la vida de sus conciudadanos. La guerra civil en Libia se escala peligrosamente y su último responsable, el padre de la tragedia, es uno solo: Muammar Ghadaffi.

Si el sempiterno presidente libio se hubiera tomado la molestia de escuchar el malestar de muchos de sus compatriotas, si no hubiera considerado irremediable la bestial represión que contra ellos ejerciera; si la ridícula e inconducente “república de masas” que ha promovido con tanto orgullo y lo tiene como líder vitalicio no hubiera entrado en crisis, en este momento no habría guerra.

Descontentos como el que se ha venido expresando en Libia desde hace semanas se producen con una frecuencia escasa. Suele ser éste un malestar telúrico, implacable, absolutamente imposible de detener con argumentos represivos o con esguinces y engañifas.

Cualquier gobernante puede decidir si se toma o no el trabajo de escucharlos: las personas sensatas toman nota, ofrecen soluciones, consultan a la población y, según el caso, entregan el poder o superan sus crisis. Ghadafi ha optado por asumir la revuelta como si aquello se tratara de una especie de fumigación y como si las personas que expresaran su irritación

fueran cucarachas: ha procedido con toda tranquilidad a mascarar a la población civil, sin el menor sesgo autocrítico, sin ofrecerle a nadie una salida digna, sin detenerse un segundo a escuchar lo que, en las primeras de cambio, los manifestantes estaban reclamando.

Los amigos de Ghadafi en Venezuela, nuestro incorregible chavismo en el poder, entre tanto, hace lo de siempre: cuando alguien le señala la luna, se queda mirando el dedo.

Que si la soberanía, que si el petróleo. Pamplinas. Tiene que llegar un día en el cual el chavismo deje de masticar las mismas babiecadas refritas cada vez que el escenario internacional les ofrezca una contrariedad.

Ha quedado dicho: los europeos tienen rato consumiendo el petróleo que produce Libia en condiciones muy confortables. No necesitaban fabricar una guerra tan costosa, con los riesgos migratorios y económicos, e incluso militares, planteados, para hacer uso de un bien que ya tienen en la mano. Recordemos que, antes de las revueltas, el propio Ghadaffi los ofrecía en ventajosas condiciones.

Y nadie puede, por otro lado, arroparse en la abstracción de la soberanía nacional para justificar la masacre del gobierno libio, despachando esta tragedia con argumentos tan peregrinos y lamentables como ese según el cual debemos aceptar esa dictadura, normal en aquellos parajes, “porque eso forma parte de su cultura”; el problema “lo deben arreglar los libios”.

La guerra civil en Libia tiene, precisamente, un motivo de fondo: los libios no pueden dirimir sus diferencias porque tienen por presidente a un dictador que no lo permite. Todo lo demás son idioteces y argumentos invocados de memoria. El pueblo libio no está ejerciendo su soberanía: la tiene secuestrada, tomada por una persona que les impide expresarse, organizarse en partidos y sindicatos y formularle a su sociedad una propuesta política solvente. Eso que ya está pasando en Egipto.

De modo que los bombardeos que ha autorizado Naciones Unidas para lastimar las fuerzas del dictador y establecer la prometida zona de exclusión no son una causa: son la consecuencia de un ejercicio de poder narciso, estúpido y asesino. Independientemente de que sea verdad que la carta que en este momento se está jugando la comunidad internacional está plagada de varios riesgos muy delicados, en pleno Mar Mediterráneo y a las puertas de la propia Europa.

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