viernes, 16 de noviembre de 2018

 LA MUERTE DE LOS OJOS

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      Jean Maninat
 
Ni su ceguera de nacimiento, ni su consecuente desatención a los colores y formas del mundo, habrían vaticinado que Anna-Liisa Järvinen Korhonen sería una de las grandes fotógrafas del siglo XX, ni que algún día, se haría una monumental retrospectiva de su obra en la prestigiosa galería, Ojo Nuevo, de su Finlandia natal. Quienes tuvimos la fortuna de conocerla, de beber vodka helada a la par con ella, y posar para algún retrato de su serie, Los inciertos, difícilmente nos podríamos haber imaginado lo que escondían aquellos retratos -con un aire a los pintados por Lucian Freud- que tanto inquietaron a las galerías europeas y a sus concurrentes habituales, siempre a la búsqueda de una copa gratis de champán.

Nadie la ha echado de menos, ahora que nos enteramos que murió atropellada mientras fotografiaba la entrada a la Estación Central de Helsinki del tren proveniente de Leppävaara por la plataforma 12, la más traficada los días sábados, cuando se le ocurrió enfocar su Leika SL, desde la vía, para capturar el frenesí de una locomotora desbocada que la borró para siempre de esta vida. Ahora, la prensa de sucesos juega con la hipótesis del suicidio, algo que obstinadamente niegan los dos gatos que dejó huérfanos: Winston y Stalin. Por su parte, los dos maridos con los que compartió, intermitentemente sus últimos treinta años (se turnaban semanalmente para cumplir con el intrincado oficio de amarla), se declararon indignados ante cualquier afirmación que insinuase que el objeto de su pasión compartida, habría preferido morir, que seguir retratando las grandezas y penurias que conforman la condición humana.

Alguna vez, Henri Cartier-Bresson, se refirió a ella como el Aleph de la fotografía contemporánea, gracias a su capacidad para capturar con el lente de su cámara la multiplicidad de eventos, hechos históricos, ruindades cotidianas, declive de los grandes monumentos levantados por el hombre, y el quehacer bullicioso de los barrios obreros y socialdemócratas que marcaron su existencia. Como es de rigor, en los artistas de su estirpe, frecuentó los salones de la aristocracia decadente y la burguesía emergente: su retrato de Wallis Simpson y Edward VIII, en su domicilio parisino, es todavía considerado como una obra maestra del “testimonialismo social” del siglo pasado.

Hay quien argumenta que la célebre disección del ojo en la película El perro andaluz, habría sido tomada de un negativo que el mismísimo Luis Buñuel le habría birlado de su apartamento-estudio madrileño en una noche de farra. Pero no hay certitud del hecho, y los que saben, atribuyen el rumor a la inquina posterior del genio venal de Salvador Dalí hacia el cineasta aragonés. Para zanjar la importancia que tuvo la obra de Anna-Lissa Järvinen Korhonen, en un momento especial de su parcours artístico, queda la portada que le dedicó la revista Time, el portafolio de fotos que le publicó Vanity Fair, así como el maravilloso libro que le dedicó la editorial Taschen. Todo en vida.

Pero nada en estas noticias ayuda a responder a la pregunta que todos nos hacemos: ¿Cómo una fotógrafa no vidente logró acaparar la atención de tanta gente desprovista de una mirada medianamente educada y culta? ¿Cómo, unas pupilas -azules y sin luz- habrían sido capaces de atesorar los claroscuros con ráfagas rabiosas de colores primarios característicos de su obra iniciática e ingenua, tan bien representada por su inquietante autorretrato, El espejo enterrado en el rostro, que cuelga en la galería Tate de Londres?

La respuesta la tendría, Hans Kruegger, un amigo alemán de la adolescencia, quien adelantó la versión de que Annie -como la llamaban afectuosamente sus más íntimos- nunca estuvo privada de la vista y que todo habría sido un alibi para atraer la atención de un amor descariñado y renuente de entonces. A fuerza de fingir, se habría acostumbrado a vivir entre supuestas sombras, que sólo la cámara y el disparador bajo su dedo índice podían disipar. Las fotografías y textos de su libro apócrifo, Jorge Luis Borges y yo en la oscuridad; y la improbable confesión de José Saramago -el día en que le entregaron el Nobel- indicando que ella habría sido la inspiración para su Ensayo sobre la ceguera, invitan a desmerecer las aseveraciones que sugieren una impostura de su parte. Finalmente, sus ojos muertos descansan en paz.

maninatj@gmail.com

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