lunes, 20 de abril de 2015

NO ENTIENDEN NADA

ANTONIO NAVALÓN
 
La corrupción, esa gran plaga que invade muchos países de América Latina y del mundo, va a ir acrecentándose en la percepción social y la crisis económica que se avecina amenaza con provocar un rechazo aún mayor de estas prácticas. Justo cuando se abría un respiro de esperanza para el continente tras la Cumbre de las Américas de Panamá, el último informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) anuncia negros nubarrones sobre América Latina, con excepción de Centroamérica. La crisis política y económica de Brasil y la incapacidad del Gobierno de Venezuela colocan a una buena parte del continente en pronóstico reservado, por no decir malo, para los próximos 12 meses.
Uno de los mayores desafíos para los gobernantes es comprender y afrontar la fuerte demanda de servicios y las implicaciones que conlleva la incorporación en estos años de grandes sectores de la población que han pasado de la pobreza a la clase media baja y de la clase media baja a la clase media. Ningún Estado está preparado para crecer en infraestructura y en inversión social al mismo ritmo que sus ciudadanos ascienden en la escala socioeconómica.
El gigante brasileño realizó la proeza de sacar a entre 25 y 30 millones de personas de la pobreza y convertirlos en clase C, una figura que ha acabado por cambiar la fisonomía del país. Sin embargo —no podía ser de otra manera— no le dio tiempo a construir ni las carreteras, ni el equipamiento, ni todo lo que la demanda social ansiaba tras ese cambio. Y lo malo es que los pueblos están cada vez más informados: pueden gritar, ofender y opinar en primera persona a través de las redes sociales.
En la avenida Paulista de São Paulo, la mayor arteria de la capital económica brasileña, la cuna de los grandes capitales, se van echando paletadas de tierra sobre una Dilma Rousseff que comenzó su segundo mandato hipotecada por sus compromisos políticos, los derivados de sus primeros cuatro años en el poder y de los ocho años anteriores de Lula da Silva.
Rousseff está noqueada. No se da cuenta de que la gente se muestra menos tolerante con la corrupción y eso, aunado al estancamiento económico y a las listas con nombres y apellidos de quienes roban en la Administración, crea situaciones socialmente inéditas para las que no hay respuesta. Así, el estallido —hasta ahora, en manifestaciones sin violencia— se vuelve la única salida.
En la otra esquina está Venezuela. Sigue siendo el país con las mayores reservas de petróleo conocidas del mundo. Es una joya creada con una riqueza divina, maltratada por una clase dirigente que atenta contra la buena suerte que los dioses derramaron sobre esa tierra.
Nicolás Maduro no ha entendido nada. No ha entendido el acuerdo de Cuba con Estados Unidos. No entiende a su pueblo. No entiende ni siquiera a los chavistas. Es una grosera exhibición de incapacidad personal y política que no entiende —siquiera— lo que significa gobernar.
Estoy seguro de que Hugo Chávez desde su reino (sea el que sea) sonríe porque Maduro no solo ha logrado convertirle en un líder de una estatura similar a la de su admirado Fidel Castro, sino que, con la distancia, se va tornando cada vez mejor en comparación con la falta de sentido común del actual presidente venezolano. Maduro es mucho peor que un dictador. Es un incompetente que ha destruido cualquier posibilidad de un acuerdo social. Los datos son claros: este año, la economía venezolana decrecerá en un 7% y la inflación se acercará al 100%.
Maduro no comprende que si sus grandes y patrones, quienes de verdad controlan los ranchos, las misiones y la seguridad van por el camino del entendimiento, por mucho que él grite, golpee y exhiba su incapacidad política —por ejemplo, con la última crisis con el Gobierno de España—, sus días no solamente están contados, sino que quienes los están contando son los mismos que le han sostenido en el poder hasta ahora.
Volvió de Panamá con todos los mensajes cruzados. En lugar de negociar y acceder al diálogo político para resolver de forma inteligente sus barbaridades (entre otras, encarcelar sin cargos a dos líderes opositores en una prisión militar), Maduro se ha atrincherado aún más en sus razones, condenando cualquier esperanza de un pacto para la transición venezolana. La realidad tiene mucha fuerza y mientras todos los días y a todas horas funcionarios estadounidenses y cubanos se ponen de acuerdo en el siguiente paso, el único escollo que malcría la zona y da malos ejemplos se llama Nicolás Maduro.
Rousseff está desconcertada en Brasil porque no ha entendido el peso de la nueva dinámica política impuesta por la revolución de las comunicaciones. Maduro, simplemente, no sabe que gobernar significa anticiparse y lograr una mezcla de fuerza y debilidad para que los pueblos no estallen e imponer una política.
La economía no augura buenos tiempos para la región latinoamericana. Sin embargo, eso me preocupa menos que la incapacidad de los políticos para responder a los nuevos tiempos y a las protestas en la calle que están obligando al diálogo y a la transformación de pueblos gobernados en pueblos gobernantes.

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