viernes, 28 de marzo de 2014

ANATOMÍA DE UN INSTANTE

Laureano Márquez

El escritor español Javier Cercas, en su libro Anatomía de un instante, analiza la transición española a la democracia a partir del simbolismo de un hecho: el 23 de febrero de 1981, cuando el teniente coronel Tejero y 200 guardias civiles entran al hemiciclo de las Cortes españolas encabezando un golpe militar, los diputados se lanzan al suelo para protegerse del tiroteo. Una imagen recorre los periódicos del mundo: la fotografía, en un mar de escaños vacíos, de un hombre con la cabeza en alto, recostado en su curul. Es Adolfo Suárez, el presidente de la transición. Cita el autor a Borges en este punto: “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es”. A partir del significado de este instante, Javier Cercas construye la historia de esa dura intentona de golpe militar en la que intervinieron más de tres generales.  Dice Cercas, citando a Enzensberger, que así como existe el héroe clásico del triunfo y la conquista al estilo de Alejandro Magno, el siglo XX ha producido un nuevo tipo de héroe: “los héroes de la retirada”. A diferencia del primer tipo de héroe, que alcanza su plenitud imponiendo sus posiciones, el héroe de la retirada constituye su fuerza “abandonando sus posiciones, socavándose a sí mismo”, cosa que hace de él no solo un héroe político sino, más importante aún: un héroe moral. 
La transición a la democracia fue posible porque en los bandos de esa España partida en dos mitades, que se había asesinado una a otra cuarenta años antes en una cruenta guerra civil, dos hombres provenientes de los extremos, Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, establecieron puntos de encuentro poniendo a su país por encima de sus apetencias de poder, es decir, socavándose a sí mismos, abandonando trincheras ideológicas.
Venezuela parece estar frente a uno de esos instantes cruciales de la historia, dividida en dos mitades que se niegan a reconocerse. Naturalmente, como lo entendió Adolfo Suárez, quien tiene el poder tiene mucha más responsabilidad en la construcción de la paz y del diálogo sincero. A él, que venía de un régimen que lo controlaba todo, le tocó ceder. Lo odiaron los de su bando, por traidor, y los de la izquierda, porque venía de la derecha.
Entender el sentido trascendente de este instante que vivimos es indispensable. La historia de los países demuestra que cuando se toma el camino de la violencia y del desconocimiento del otro, tarde o temprano hay que sentarse con ese otro, ahora con mucho dolor a cuestas, a establecer las bases de un país del que nadie puede ser excluido. ¿Tendremos la lucidez de evitar que el saldo del dolor se acreciente? ¿Podremos comprender que no hay ningún otro que aniquilar porque ese otro somos nosotros mismos? ¿Encontraremos algún héroe de la retirada?
Los detractores de Suárez del momento se preguntaban en qué pensaba el presidente cuando se quedó sentado recostado en su curul, esperando lo único que podía esperarse en ese momento: un disparo. Uno de sus más encarnizados críticos respondió que pensaba en la portada del New York Times del día siguiente. Dice Javier Cercas que, bien visto el instante, Suárez esa tarde supo quién era verdaderamente. Suárez no posaba para los periódicos: posaba para la historia.
A los venezolanos de este tiempo la historia nos retrata. Cada uno de nosotros debe asumir la pose con la que quiere trascender.

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