Jaime Botín
Grecia y Europa tienen un problema. Así lo ponen de manifiesto los
mercados desde hace bastantes días, y así lo reflejan los numerosos
artículos de opinión y análisis de los principales medios de opinión
escrita, empezando por The Economist y Financial Times.Pero
sin necesidad de recurrir a tan altas autoridades, el que quiera un
resumen de la situación en el momento actual sólo tiene que leer con
alguna atención los últimos dos números de EL PAÍS. En la edición del
domingo encontrará desde el punto de vista favorable a Alemania expuesto
por Vargas Llosa al partidario de Grecia que defiende convincentemente
en un lúcido análisis Soledad Gallego-Díaz. Y, para completar el
panorama, están los artículos de Claudi Pérez, J. Estefanía y
Bernard-Henri Lévy. El lunes, Antonio Navalón y, de nuevo, Joaquín
Estefanía en dos excelentes comentarios, nos hablan de nuevo del tema de
mayor calado en la hora actual para nuestro futuro en Europa.
A Grecia, que tiene una parte importante de la culpa de los males que
le aquejan y a quien ha tocado ya sufrir mucho en esta crisis, le
queda, no obstante, trabajo por hacer. La buena noticia es que su
situación actual, con un Gobierno nuevo no comprometido con el pasado y,
seguramente, con ilusión y ganas de hacerlo bien, es mucho mejor que
con sus antecesores. El nuevo equipo, además, llega con un mandato
inequívoco del electorado y disfrutará, sin duda, de un plazo de gracia
para actuar. La mala es que, como ahora veremos, les queda por hacer la
parte más difícil. Doy por supuesto que a Syriza y sus dirigentes lo que
les importa es lo que sea mejor para su país y, en ese empeño, les
vendría muy bien conseguir de sus interlocutores europeos, troika o no
troika, condiciones favorables y cuantas más, mejor. Les deseo éxito en
las negociaciones pero ellos saben, y más ahora, de vuelta a casa
después de su reciente viaje por Europa, que la cosa no está fácil y que
hay líneas rojas que no se podrán saltar. También saben (lo sabían ya
desde antes) que la opción de abandonar la UE no es la que conviene a
Grecia (en principio) ni la que quieren la mayoría de los griegos. Por
lo tanto, hay que pactar. Y, por último, deben saber también otra cosa,
tal vez la más importante porque sin ella les servirá de poco asentarse
(¿por cuánto tiempo?) en el poder recién ganado en las elecciones:
Grecia es un navío que navega desnortado y hay que enderezarle el rumbo.
Para ello será preciso acometer la reforma de un “Estado clientelar,
enorme y esclerótico”, suprimir “la protección de grupos de interés” y
“desmantelar el capitalismo de amiguetes” que aún prevalece incólume.
Aquí, nuevamente, está también la parte buena del grave diagnóstico:
esta es la oportunidad de poner en marcha a la Grecia del siglo XXI y de
evitar los peligros que, en otro caso, tendrá que afrontar.
Vayamos ahora a los interlocutores, que en los próximos días deben
llegar a algún tipo de acuerdo con Grecia. Mi impresión es que la UE, y
Alemania la primera, estarían de acuerdo en dar facilidades si tuvieran
garantías del cumplimiento de los compromisos. Porque si de verdad
siguen creyendo que la austeridad a ultranza es la única solución
después de ver a EE UU creciendo a más del 5% y creando empleo en
cantidades masivas mientras Europa no crece y aumenta el paro y Grecia
está a punto de romper la baraja, entonces tendríamos entre manos un
problema más serio. Esperemos que no sea así. En cambio, y por el bien
de todos, esperemos que la regeneración del Estado griego se pueda
planear con realismo por el nuevo Gobierno, aceptar por la UE y llevar a
buen término con las ayudas, aplazamientos y financiaciones que sean
precisas. Porque la realidad es que la resolución de la crisis griega
nos concierne a todos porque a todos nos concierne el futuro de Europa.
Una asociación de naciones que constituye la segunda potencia económica
mundial, detrás de EE UU, no es concebible que no pueda resolver los
problemas de un socio que representa menos del 3% del total. ¿Cómo es
que suenan voces entre ese conjunto de naciones que consideran que
Grecia tiene que entrar por el aro o marcharse? Da la impresión de que
algo así como la “solidaridad” entre los socios es un concepto extraño y
sin curso legal. Sin embargo, una UE que no adopte ese principio tiene
poco futuro en el contexto global en que nos movemos aunque otra cosa
pueda deducirse de la actitud rigurosa tomada, por razones políticas a
corto plazo, por Gobiernos como el nuestro. Un ejemplo de la necesidad
que tiene la UE de actuar unida lo tenemos en la situación en que nos
encontramos con respecto a Ucrania. Bernard-Henri Lévy propone en su
citado artículo una ayuda especial de la UE a Ucrania para apoyar su
lucha contra la invasión —eso es lo que es— rusa. Y quiere saber qué
opina de tal ayuda el actual Gobierno griego. He aquí una nueva crisis
donde la UE tiene mucho que decir y donde no puede emplear un lenguaje
distinto que con Grecia. Nuevamente se trata de un problema de
solidaridad y también de mutua protección. Los Gobiernos europeos que
exigen a Grecia el cumplimiento a ultranza de sus compromisos que,
cumplidos bien o mal, han llevado a aquel país a una situación
insoportable y al terremoto político que significa Syriza, ¿han pensado
en lo que va a ocurrir si consiguen que Grecia se acabe echando en
brazos de Rusia? ¿Cómo se supone que la UE puede actuar con eficacia en
Ucrania si no es capaz de resolver sus problemas con Grecia? Al menos
aquí Putin todavía no ha intervenido. Europa no puede vacilar frente a
Putin pero tampoco puede enfrentarse a Rusia en el campo de batalla. Lo
que sí puede es demostrar que funciona unida y que tiene voluntad y
medios para resolver sus problemas. Ese es el mensaje que Moscú puede
entender.
Otro aspecto a tener en cuenta es el inesperado auge que en los
últimos tiempos tienen los partidos de extrema derecha. A estos
partidos, racistas y antidemocráticos, les conviene que se encone y no
se resuelva el caso griego. Es un peligro que deben ser capaces de
afrontar los demócratas tanto de izquierda como de centro y de derecha.
Y, de nuevo, la clave está en la solidaridad. Pero éste es asunto para
otro día.
Jaime Botín es alumno de la Escuela de Filosofía. Fue presidente de Bankinter entre 1986 y 2002.
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