lunes, 18 de junio de 2018

La suerte electoral de los exguerrilleros

Ibsen Martinez

Una subespecie política latinoamericana es el exguerrillero izquierdista que termina compitiendo en elecciones. La muestra, de suyo pequeña, se estrecha cuando se atiende solo a quienes han logrado triunfar a escala presidencial.
Centroamérica produjo a Daniel Ortega, el basto y cazurro epígono de los Somoza que, cuarenta años después del triunfo de una legendaria gesta liberadora, es cabeza de una homicida satrapía que pretende ahogar en sangre la revuelta de los demócratas nicaragüenses.
Teodoro Petkoff, en Venezuela, es caso de estudio: tras apartarse hace más de medio siglo de la vía armada al poder y fundar, en los años 70, un pequeño partido de vocación socialdemócrata, su probidad intelectual logró granjearle la simpatía de las élites progresistas latinoamericana y europea, así como el cauto respeto de los poderes fácticos de su país, pero jamás logró franquear la barrera del 5% de los votos.
La insurgencia armada produjo en Argentina figuras tan dispares como Rodolfo Walsh, escritor y mártir de indiscutible estatura moral, o Mario Firmenich, arrojado y ocurrente comandante de Montoneros, organización armada de la izquierda peronista, quien planeó y llevó a cabo el secuestro más productivo de la historia y terminó su carrera asociado comercialmente con su rehén. Desalojada la dictadura militar tras el desastre de Malvinas, ningún presidente argentino surgió de la insurgencia izquierdista.
En Uruguay, en cambio, José Mujica, exguerrillero Tupamaro, no solo alcanzó la presidencia en 2009, sino que dejó el poder nimbado como abuelo bonachón, dispensador de paternales consejos a Hugo Chávez, servidor público jubilado que vuelve a casa conduciendo su escarabajo de modelo atrasado.
Colombia es un país donde, muy singularmente, la izquierda armada, sus ideólogos y sus brazos políticos acordaron tácita y explícitamente, hace ya décadas, que todas las formas de lucha eran compatibles y lícitas. La vía armada tanto como la ruta electoral. Esta última restringida por el dogma leninista a hacer de las elecciones solo un escenario más para promover estrategias revolucionarias para la lucha de clases.
Las consecuencias de esa ambigüedad que se pretendía astucia política no podían ser, a la larga, sino trágicas. Tal fue el caso de la Unión Patriótica (UP), desde mediados de los años 80 hasta bien entrados los 90.
Fundada en 1985 como partido político, la UP acogió en su seno varios grupos armados. De ellos, los más conspicuos fueron las FARC (Fuerzas Armadas de Liberación de Colombia) y el ELN (Ejército de Liberación Nacional). Su primer Consejo Directivo incluía al Secretariado de las FARC.
Si bien la UP tomó eventualmente distancia de la vía violenta y propugnó negociar una paz duradera con participación en elecciones, sus dos primeros candidatos presidenciales ­– ninguno de ellos exguerrilleros –, Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo, fueron asesinados, presuntamente por grupos paramilitares de derecha. Se calcula conservadoramente que más de 3000 de sus activistas, incluyendo parlamentarios, periodistas, alcaldes y concejales fueron víctimas de la violencia paramiitar en el curso de una década, mientras la guerra persistía.
Otra guerrilla, la del M-19 (Movimiento 19 de abril), surgida en 1970 en reacción de una controvertida elección presidencial señalada con bastante fundamento como fraudulenta, procuró, según sus proclamas, instaurar una verdadera democracia con métodos violentos. Gustavo Petro integraba el cuadro dirigente.
El ideario original era una mezcolanza de marxismo y máximas bolivarianas. Inicialmente, sus tácticas ponían énfasis en la propaganda armada , pero el camino de la violencia llevó a la organización al asesinato, el secuestro y, en 1985, a la sangrienta toma del Palacio de Justicia.
Luego de su desmovilización, en 1990, a cambio de la convocatoria a un congreso constituyente, la guerrilla se presentó a elecciones como Alianza Democrática M-19. Su candidato a la elección presidencial de aquel año, Carlos Pizarro, fue asesinado. Su sustituto, Antonio Navarro, logró el tercer lugar.
No solo Petro, sino también figuras del actual centro político, como Antonio Navarro Wolff, iniciaron entonces sus brillantes carreras parlamentarias. La firma de los acuerdos de paz en 2016 canceló para la izquierda, al parecer, la vía armada al poder e hizo posible que las FARC postulasen en marzo de este año a Rodrigo Londoño, Timochenko, a la presidencia de la república. Timochenko hubo de renunciar a las pocas semanas,oficialmente por motivos de salud que excusaban la nula acogida a su candidatura. Con lo que no es exagerado decir que la cepa M-19 de las izquierdas colombianas ha resultado ser la más apta en lides electorales.
Los resultados de Gustavo Petro en la segunda vuelta son, históricamente, los más halagüeños que en una elección presidencial haya registrado la izquierda colombiana.
De su desempeño como figura polar de la oposición a Iván Duque dependerá el que, tal como anunció Petro en su pugnaz discurso de la noche del domingo, un exguerrillero pueda alcanzar algún día la presidencia de Colombia.
@ibsenmartinez

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