miércoles, 22 de agosto de 2018

“No los deje pensar mucho”, ordena el general Montilla


ELIAS PINO ITURRIETA

PRODAVINCI

Ante el fracaso de los planes llevados en 1828 a la Convención de Ocaña para la implantación de una reforma constitucional capaz de detener las tensiones que conspiran contra la integridad de Colombia, Bolívar acepta la dictadura propuesta por los cuarteles de Cundinamarca. El dominio de los diputados por el vicepresidente Santander, cuya enemistad con el Libertador y con la fuerza acumulada por Páez en el Departamento de Venezuela es cada vez más evidente, aconseja el ejercicio de la autoridad férrea que propone el general Pedro Alcántara Herrán bajo el control del General Presidente. Cuando la Convención se disuelve sin resultados por el abandono de los representantes bolivarianos, se acude a una situación de fuerza que se debe revestir de legalidad mediante la suscripción de actas y fórmulas procedentes de las jurisdicciones que forman la nación, o también mediante discursos en los cuales se habla de los beneficios que traerá la eliminación de las facciones.
La magnitud de un descontento susceptible de conducir a la guerra civil, provoca el erizamiento de las posiciones políticas y la necesidad de atemperarlas antes de que exploten en el campo de batalla. De allí el ejercicio dictatorial, y los pasos llevados a cabo para concretarlo. De la guarnición de Cartagena, en cuya comandancia se encuentra el general venezolano Mariano Montilla, salen muchas de las medidas destinadas al control de los enemigos del designio autoritario. Oculto en los discursos sobre la sobrevivencia de los altos propósitos de Colombia y sobre la salvaguarda de los derechos del pueblo, toma cuerpo un crudo militarismo que ahora veremos en un trío de testimonios registrados por el historiador Caracciolo Parra Pérez (Mariño y la independencia de Venezuela, Caracas, Academia de la Historia y Fundación Bancaribe, 2014). Descubren cómo son ásperos  los pasos de la política que nos convierten en república y de los cuales tenemos generalmente una versión angelical.
En 2 de julio de 1828, el jefe del estado mayor de la división de Cartagena, seguramente apoyado por la cabeza de la comandancia, escribe un documento brutal si consideramos que se ha hecho y ganado la guerra contra España para el establecimiento de una cohabitación enaltecedora. Lo remite al coronel conde de Adlercreutz, jefe militar de Mompox, para afirmar sin titubeos:
A mi ver no hay entre nosotros lo que llaman los políticos espíritu público, y a falta de ese poderoso agente para sostener cualquiera revolución, no queda otro recurso que la fuerza armada, pero es necesario revivir esa fuerza, purificarla, y darle el nervio que tantas leyes y decretos le han quitado. Conseguido esto y haciendo de los hombres más recomendables por sus méritos y servicios militares los guardianes de los derechos de los pueblos, ellos podrán mejor que otros conducirlos por la senda de sus deberes, y de aquí obtendrán el gobierno y los ciudadanos su existencia política y las garantías de la propiedad y la libertad (…) Es necesario confesar, aunque con pena, que nuestros pueblos no están en el caso de deliberar, sino de obedecer (…) En fin, veremos lo que dispone el Libertador.
No hay constancia de que el superior, general Montilla, piense las mismas cosas sobre la ineptitud popular y sobre la necesidad que tiene el hombre común de un tutor con charreteras, pero actúa de manera grosera como si así fuera. Veamos las órdenes que trasmite al mismo Adlercreutz para el control de unos representantes dignos de desconfianza que viajan del puerto a la Convención:
De aquí van para Ocaña dos diputados, Osío y Peñalver, que los he recomendado a usted; en el momento en que lleguen, deténgalos y no los deje pasar por ningún pretexto, no sea cosa que vayan a Ocaña y completen número (quórum) y vuelvan a embochincharnos.  
Más adelante, el destinatario recibe del propio remitente unas órdenes cuyo objeto consiste en sustentar “legalmente” la dictadura. Mandan:
Con el oficio del Intendente a usted que es el Gobernador promueva el acta del cabildo y padres de familia, corporaciones y demás, pero tenga mucho cuidado en que la cosa se haga guardando exactamente las bases de nuestra acta, es decir, el mando ilimitado en el Libertador. Cualquiera oposición impertinente o alarmante debe ser suficiente motivo para que usted emplume al marchante y me lo remita con una pequeña sumaria. No deje usted tomar vuelo a ninguna expresión de descontento y menos acción o vía de hecho que debe ser reprimida a viva fuerza, aunque cueste sangre. No demore tampoco el acta que debe ser obra de veinticuatro horas, no los deje pensar mucho. Mucho cuidado y vigilancia con los diputados que quedaron en Ocaña, al pasar por ahí o en cualquiera otra parte de la provincia. Supervigílelos de suerte que ni viertan expresiones escandalosas ni formen corrinchos. Al menor denuncio, a la menor sospecha intímeles seriamente la corrección, y en caso de reincidencia, mándemelos aquí de grado o por fuerza.
No sé si el lector quería enterarse de cómo logra Bolívar los apoyos de su autoritarismo en 1828, o de cómo los obtiene uno de sus prominentes oficiales, pero ahora conoce una parte gracias a  documentos que no son entonces excepcionales, y a través de los cuales se llega hasta uno de los motivos de la inconformidad que provoca la desintegración de Colombia y la fundación de Venezuela.
El general Mariano Montilla pelea bajo las órdenes de Miranda, resiste los sacrificios de Cartagena sitiada por Morillo, se opone a Bolívar en el exilio de Jamaica, es miembro del estado Mayor del general Urdaneta, comanda la Legión Irlandesa en la isla de Margarita, participa en numerosos combates de la campaña de Cundinamarca, triunfa en Tablazo, El Molino y Agua Salada, sitia y toma Cartagena; es comandante del Zulia, de Cartagena y del Departamento del Magdalena, y Ministro Plenipotenciario ante Inglaterra para el reconocimiento de la recién formada República de Venezuela, misión que resulta exitosa… mas también protagoniza los hechos arbitrarios que se han descrito. De tales acontecimientos venimos como sociedad, así como de las ideas expuestas por el jefe de su estado mayor.

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