domingo, 19 de agosto de 2018

UNA LARGA CALMA POPULAR

ELIAS PINO ITURRIETA

Con el objeto de señalar algunas razones poco trajinadas sobre  la conducta de los venezolanos frente a los gobiernos opresores, en otros artículos he planteado algunas  ideas que hoy  se quieren complementar con observaciones sobre los tiempos más recientes. Antes me detuve en el fortalecimiento del  gomecismo, para llamar la atención sobre las flojas reacciones del pueblo frente a una serie de regímenes negadores de la democracia y de la dignidad ciudadana. Se trataba de sugerir que dejáramos la búsqueda del “bravo pueblo” porque solo se encuentra en las estrofas del Himno Nacional, y ahora se continúa lloviendo sobre ese terreno que no ha estado suficientemente mojado.
El solo hecho de que, después de la muerte de Gómez, comenzara un período llamado posgomecismo, da cuenta de la debilidad de las reacciones contra la herencia del nefasto difunto. El entierro del tirano dio paso a contadas manifestaciones de repudio, debido a cuya anemia pudo continuar una administración como la que había comenzado el sujeto de La Mulera. Una administración maquillada de actualidad y dispuesta a abrir postigos para la penetración del oxígeno negado por el tirano (no faltaba más, una necesidad de los tiempos),  pero apegada a los vicios y a las limitaciones de la cuna. La aceptación de un legado que solo se modificaría en atención a los intereses de los herederos de un mandatario deleznable acompañados por contadas caras nuevas, da cuenta de cómo los venezolanos de entonces se conformaron con ladrar sin atreverse a morder. Inexperiencia, seguramente, la influencia del miedo, el no saber hacer en una escena relativamente desconocida. De allí el surgimiento de un golpe de Estado en 1945, capaz de llevar a cabo lo que no había podido o querido hacer la sociedad porque no encontraba el modo, pero protagonizado apenas por un  elenco de civiles y militares.
Los sucesos del octubrismo adeco pueden llevar a entusiasmos exagerados. El demonio de la política se metió en el cuerpo de la mayoría de los venezolanos de la época, que hicieron cosas inéditas y realmente dignas de atención en la fragua de una sociedad desconocida y más hospitalaria. Aquello fue un portento de atrevido civismo, de desafío de la gente común a los usos de la convivencia anterior, pero el gozo se fue al foso en tres años sin que se contemplara el cortejo de los dolientes. ¿Qué hizo el pueblo ante el golpe militar contra el presidente Gallegos, contra el símbolo de la república de las mayorías inaugurada con merecidos bombos y llamada a construir un edificio que esperaba con paciencia desde 1830? Nada que no fuera callar y encerrarse en los domicilios familiares. Un partido de arraigo popular, “el partido del pueblo”,  se metió debajo de la cama.
Las fantasías sobre el derrocamiento de Pérez Jiménez también han alimentado la idea del “bravo pueblo”, pero son solo fantasías. La resistencia contra la dictadura militar fue obra de un admirable grupo de combatientes, adecos la mayoría, con cuyas hazañas  no se relacionó la sociedad que callaba o aplaudía. Un puñado de valientes clamó en el desierto de la indiferencia de la gente que no se quería meter en problemas. El famoso 23 de Enero de 1958, que puso a Tarugo en un avión junto con sus amigotes, fue obra de una cúpula militar con la compañía de políticos sobre cuyo número dan cuenta cómoda  los dedos de las manos. El pueblo se echó a la calle cuando el mandado ya estaba hecho, para apuntalar la leyenda de un celebrado “espíritu” que nos ha animado en la posteridad sin salirse del ámbito de los motivos inconsistentes.
Todo esto ha venido a cuento para sugerir a los críticos de la actualidad que no se alarmen ni impresionen por la pasividad del pueblo ante los desmanes del chavismo. Tales preocupaciones y asombros carecen de asidero, si se relacionan con las formas que hemos tenido de reaccionar como sociedad, o más bien de evitar una reacción categórica ante administraciones oprobiosas.  Si ahora no hacemos nada contra un régimen detestable, oscuro sin matices,  o apenas nos conformamos con el amago, repetimos una acendrada costumbre  que no convida a la edificación. Si apenas atacamos puntos precisos que nos molestan como individuos, o como miembros de un grupo o como habitantes de un sector determinado, calcamos actitudes conocidas de sobra. Así hemos sido, salvo honrosas excepciones. No se  puede pedir a la gente lo que no ha dado a través de su historia. La misma gente puede sorprendernos con una cabriola olímpica, especialmente  ante los hechos monstruosos de persecución política que se experimentan en nuestros días; por ejemplo, frente a vejámenes como los que se ceban en el diputado Juan Requesens, insólitos aún en los anales de las peores tiranías,  pero eso está por verse.

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